
Ha sido una semana de festejos por la caída del Muro de Berlín. Hace 20 años se derrumbó el Muro, y con él todo un mundo que hasta entonces para muchos constituía el referente, el modelo de una sociedad distinta a la capitalista. La celebración es todo un homenaje autocomplaciente a las virtudes de la democracia occidental y del capitalismo y una reafirmación de que el comunismo finalmente y necesariamente sería derrotado por esa democracia.
Hay bastantes cosas pendientes de conocer respecto a la caída del Muro y sobre todo de lo que efectivamente existió detrás del Muro. Hasta ahora, salvo algunas excepciones, los historiadores (que escriben o son traducidos al castellano) se han preocupado sobre todo, más que de explicar y comprender lo que acontecía detrás del Muro, de “explicar” que necesaria e ineludiblemente aquello estaba destinado al fracaso desde su fundación.
No tengo al respecto ninguna hipótesis. Si el tema me puede interesar es porque los escombros del muro revelaron también que todos aquellos que comulgaban de alguna manera con aquel socialismo de repente dijeron que “sabían” que aquello se iba abajo, ya fuese porque “denunciaron” el “horror” estalinista (pero sólo después de que Nikita Khrushchov lo hizo) o porque no apoyaron la invasión de los tanques soviéticos a Praga en 1968 (y apuradito, porque hay que pasar a otro tema compañeros).
A pesar de estas declaraciones de época, y del despertar pitoniso de los compañeros de hace veinte años, sigue pendiente una reflexión acerca de la cultura que se construyó e instaló entre los revolucionarios que percibieron, incluso de manera crítica, que el referente de lo que debía ser el socialismo se encontraba en ESE socialismo. Este no es sólo un dilema histórico. Lleva implícito pensar también cómo construir un socialismo democrático. Tan democrático como anticapitalista.
